El asesinato del influencer Camilo Ochoa, conocido como El Alucín, ocurrido el 16 de agosto en Temixco, Morelos, ha provocado gran conmoción y mantiene a las autoridades en plena investigación. Su cuerpo fue hallado en el baño de su domicilio con impactos de arma de fuego, un hecho que confirmó la violencia con la que fue ejecutado.
De acuerdo con la información oficial, tres personas estarían implicadas en el crimen, aunque hasta el momento no se han confirmado detenciones. La Fiscalía de Morelos continúa con las diligencias y ha reforzado los operativos en la zona, buscando esclarecer las circunstancias del homicidio y ubicar a los responsables directos.
Ochoa, de 37 años, alcanzó notoriedad en redes sociales por narrar su pasado vinculado al narcotráfico, después de haber cumplido una condena en prisión. Su estilo directo y sus confesiones lo convirtieron en un personaje polémico, seguido por miles de personas que veían en él tanto un testimonio crudo de la violencia como un espectáculo digital.
La trayectoria del influencer estuvo marcada por amenazas constantes, mismas que en diversas ocasiones aparecieron incluso en mantas y panfletos. Su muerte parece cerrar un ciclo de hostigamientos que lo colocaron en el centro de la atención pública, al punto de ser considerado objetivo de grupos criminales rivales.
Las autoridades han confirmado que el asesinato fue cometido con un arma corta y que se mantiene activa la búsqueda de pruebas adicionales en su domicilio. La investigación está abierta bajo distintas líneas, que van desde posibles ajustes de cuentas hasta conflictos derivados de su propia exposición en redes sociales.
La muerte de El Alucín no solo deja un vacío entre sus seguidores, sino que también plantea un debate sobre los límites entre la fama digital y la violencia real que afecta a México. Su historia, construida entre la polémica y el peligro, terminó con un desenlace que refleja la crudeza del entorno en el que se desenvolvía.








